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Caramelo de anís para unos dulces sueños

Caramelo de anís para unos dulces sueños

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Tan solo tenía nueve años cuando, después de un largo día lleno de juegos, regresamos del parque con mi mamá y mi hermano mayor. Ya en casa, recuerdo que mis padres comentaban que en la noche asistirían a una fiesta con los vecinos, y como siempre, los niños no eran bienvenidos. Luego de que me obligaran a darme una ducha, me sentí muy cansado; mis juguetes de personajes los dejé en la bañera donde el agua ya estaba turbia por toda la tierra que traía encima. Desde el momento en que salí del baño mis recuerdos son más lentos; como en esas escenas en las películas, que pasan en cámara lenta. Mi mamá me sirvió una taza de Quaker bien caliente. Yo sabía que, al final, ella lo vaciaría a un vaso con bombilla para que me fuera derechito a la cama. Mi papá se acomodaba la camisa terminando de alistarse para ir al compromiso con los vecinos; al mismo tiempo, mi hermano se ajustaba los cordones de las zapatillas, de seguro para escaparse cuando ellos salieran. De todas formas, ya no quería seguir jugando. Dormir era lo que anhelaba; aparte, no me gustaba salir en la noche porque mis amigos decían que en el gran jardín de la señora Dolores, que era una anciana que vivía sola, y que de apodo le pusimos “piel de culebra” por sus manchas y arrugas en la piel, había duendes y espíritus que venían del inframundo. Estos cuentos y relatos solo lo hacíamos después de terminar de jugar a la pelota o a las escondidas, justo cuando ya era de noche y solo una vez cada semana, ya que los sábados como hoy nos dejaban jugar hasta que el cielo se pusiera oscuro. Los días como hoy eran los mejores, ya que no había escuela, no había tareas que hacer. Luego de hablar de todas esas cosas de terror, quedábamos muy asustados y era el motivo por el cual durante el resto de la semana, antes de que se pusiera el sol, todos regresábamos a casa.

Me acosté en la cama de mi mamá, que era grande, con sabanas rosadas y un plumón blanco, y al terminar de tomar mi Quaker, me desvanecí y en ese momento todo se ralentizó; el sonido de la apertura de una llave de agua tal vez, una especie de sonido metálico, como si estuvieran enroscando algo, me llamo la atención. También se oyeron unos pasos, pero no de zapatos con talón de madera como en las películas, sino pasos de arrastre y pesados; de fondo, al mismo tiempo, se apreciaban risas, como de hienas, no como en mi película de “El Rey León”, sino como en los documentales que daban los días domingo por las tardes. Los pasos se acercaban más y más, y por un momento creí que pasaría de largo por la habitación, pero se detuvo en la puerta. El sonido parecido del abrir y cerrar la llave de agua regresó pero sin chorro que cayera en el lavaplatos o en la ducha. Traté de estar alerta. Abrí los ojos lo que más pude y abrí bien las orejas. Hasta ese momento, solo sentía la necesidad de saber qué pasaba fuera de la habitación, pero luego, esa curiosidad se transformó en terror al ver que por debajo de la puerta pequeñas sombras corrían de lado a lado. Cuando por un instante dejaron de hacerlo, unos segundos después apareció una gran sombra mucho mayor; se detuvo, y tratando de abrir entre fuertes golpes la puerta, la manilla giró pero no se abrió. Esta sombra se hacía cada vez más tenue pero al fijarme bien era porque se estaba convirtiendo en humo pasando por debajo de la puerta. En ese momento, quería gritar. Levanté mis brazos para cubrirme hasta la altura de los ojos y me di cuenta que algo en mí era diferente. Sentía un gran peso en mi cuerpo al mirar por debajo del plumón. Estaba lleno de sangre, ya que había seis dagas de color plata incrustadas en mis costillas. Tenían una extraña forma, ya que la mitad eran como espirales al igual que un tornillo. Había tres en cada lado y estaban atornilladas a mis huesos. Me preguntaba en qué momento me pusieron esto. Apenas terminé de pensarlo, un dolor inimaginable recorrió cada parte de mi cuerpo. Traté de gritar para que alguien me ayudara, pero la voz desgarradora no pasó por el gran nudo que había en mi garganta. Sentía que me asfixiaba en dolor y solo quería a mi mamá de regreso para que me abrazara nuevamente. Su agradable aroma y su calor sanaría y alejaría cualquier mal de este lugar. Levanté la mirada y el humo ya estaba dentro de la habitación tomando forma: una enorme capa negra rasgada y vieja con capucha donde apenas resaltaba una nariz arrugada y puntiaguda. El dolor desapareció por un instante, la capa se acercó hasta la cama, subió, pero sin hundirla, como si no tuviera un peso, se irguió entre mis piernas lentamente, levantó un brazo lleno de arrugas y manchas, casi como si su piel estuviera podrida, saca una enorme cuchilla, levantó un poco la cabeza y justo la luz del pasillo que se colaba por arriba de la puerta iluminó su cara y logré ver su rostro: cabellos canosos, ojos amarillos y apenas con un punto negro en su mirar. No tenía gesto alguno, pero cuando empuñaba fuertemente el arma, su rostro se llenó de un júbilo terrorífico enterrándome el cuchillo en el centro de mi pecho. En ese instante, grité: ¡Ahhhhh! Y mi voz rompió toda barrera en mi garganta.
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La puerta se abrió, entró mi hermano mayor. Me dijo tomándome del brazo: despierta, ¿qué te pasa? Abre los ojos. Lo miro y lo abrazo rápidamente. Solo un par de lágrimas salen de mis pupilas. Seguro que fue una pesadilla, tranquilo. Me acosté, me tocó el cuerpo entero rápidamente, y me dice: solo ha pasado treinta minutos desde que los papás salieron. Yo estaba afuera de la casa, oí tus gritos y apuesto que alcanzaron hasta la casa de los vecinos. Sin poder decir nada, traté de hablar, mas la voz aún no me salía. Tengo algo para ti, dice mi hermano. En ese momento, pensaba que podría ser otra daga, cuando sacó un caramelo de anís entregándomelo. Lo tomo y pude decir: ¡gracias hermano! Y él contestó: tranquilo, espero que con eso puedas tener unos dulces sueños. Hoy, recordando cada detalle sigo creyendo que en la niñez es cuando se tienen las peores pesadillas.


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