Simbiosis mortal

Simbiosis mortal

Lente de televisor.
            Juan era un hombre rozando la tercera edad que gustaba mucho de los artículos  antiguos e iba con frecuencia a ferias y lugares en donde se vendieran objetos de rara procedencia. En muchas ocasiones compraba artilugios sin saber su origen o para qué servían; si era llamativo, lo compraba y lo relacionaba a algo que le resultara conocido aun sin estar ciento por ciento seguro de ello, pero una vez en su casa trataba de averiguar lo máximo que pudiera consultando sus libros o visitando distintos blogs a través de Internet. En una ocasión, Juan compró unos lentes, una especie de lupas gigantes que usaban los televisores antiguos para reflejar las imágenes. Al principio, los usaba como lentes de aumento para su cámara  fotográfica, y gracias a ello obtenía unos detalles únicos en sus fotografías. Luego, terminó uniéndose a su gran colección. Cada vez que llegaba a un lugar, barría de lado a lado con su mirada y como si tuviese un radar en vez de ojos; las cosas de su interés resaltaban ante él,  era un amante del arte y de las antigüedades y, a simple vista, detectaba con facilidad la estética y tema de los objetos.

            Un día, le dijeron que una tienda de antigüedades que se ubicaba en la periferia de la ciudad iba a cerrar debido a la baja afluencia de público y que liquidarían  todos los artículos. Fue entonces cuando  decidió que acudiría el siguiente fin de semana. Llegó el sábado y muy temprano se dirigió al local. Al llegar, vio un letrero  con letras estilo góticas que decía: ANTIGÜEDADES, y entre comillas, “No disponible para cualquier cliente”. Juan inmediatamente asoció esta frase a unos de sus libros favoritos, Lobo Estepario, escrito por Hermann Hesse. Luego de una breve apreciación de la entrada, resaltaban en la puerta de madera dos grandes aldabas de serpientes entrelazadas. Rápidamente las identificó como Ouroboros; estas aldabas no eran necesarias, ya que al lado había un letrero de papel que decía: “empuje para entrar”, pero fue tanta la tentación, que de igual forma levantó una y con un poco de timidez la dejó caer. Al entrar, comprobó que no había más de cinco personas que se quedaron mirándolo y  no era para menos, ya que el gran sonido les hizo fijar la mirada hacia la puerta. Luego de unos minutos, Juan ya se había recorrido los tres pasillos que tenía el local y nada le pareció llamativo. Cuando estaba a punto de marcharse, observó cómo un señor de edad avanzada le hacía señas al joven vendedor, que llevaba puestos audífonos y con desinterés asentía la cabeza. Pero hubo dos cosas que llamó la atención a Juan acerca del señor: uno era su hermoso broche de cuello con la misma forma de las aldabas en la puerta y dos, una de sus manos, ya que una mano era más delgada que la otra, casi en los huesos. Por un momento pensó que quizás habría sufrido un accidente con anterioridad, pero al fijarse con detalle notó que estaba cubierta de cicatrices. Fue entonces cuando el joven vendedor le preguntó:
—¿Va a llevar algo, señor? —en ese momento, Juan reaccionó y preguntó de manera discreta:
—Oiga, ¿qué le ocurrió en su mano a ese señor?
—No lo sé, y no me interesa.
—Él es el dueño verdad.
—¿Cómo supo que era el dueño?
—No creo que un joven como tú lo sea.
—Bueno, tiene razón. Ahora, dígame si va comprar algo o no.
—No, no he encontrado nada de interés.
—Mire, señor, yo le puedo ofrecer algo que quizás sí llame su atención.
—¿A qué te refieres?
—La razón de que esta tienda esté en la quiebra es que ese viejo no quiere vender sus cosas y no me refiero a estas porquerías que están en exhibición.
—¿Entonces?
—El viejo tiene un cuarto atrás donde hay objetos que esconden un gran misterio y cada vez que ofrezco alguno me viene a regañar; yo insisto en que si vendiera sus cosas, salvaríamos este negocio.
            Los ojos de Juan se abrieron completamente expresando así la sorpresa y curiosidad por lo que acababa de escuchar y al mismo tiempo comenzó a dejar volar su imaginación.
—Dime, ¿hay alguna posibilidad de que pueda ver ese cuarto?
—Mire, regrese a las nueve de la noche; espéreme en la esquina hasta que se vaya el dueño, y le mostraré el lugar. Eso sí, si me promete que comprará algo.
—Está bien, lo prometo.
—Muy bien. No olvide traer dinero.
            Juan regreso a su casa muy ilusionado.  Miraba el reloj a cada hora, ya que se encontraba impaciente por regresar a la tienda. Fue a su jardín con su lente de televisor a sacar más fotos, trató de entretenerse, ya que nada lo apaciguaba a pesar de que aún faltaban casi cuatro horas para las nueve de la noche. Al final, decidió echarse una siesta. Dejó el lente en su velador y tomó entre sus artilugios un reloj de campana y lo programó a las ocho y media para despertarse, con tiempo suficiente para conducir hasta su destino.
            ¡Riiiiinn, Riiiiinn, Riiiiinn! Sonó fuertemente el reloj. Su ansiedad por no quedarse dormido y la desesperante necesidad de apagar rápidamente esa maldita alarma hizo que de casualidad empujara y botara su última adquisición, el famoso lente de televisor.  Juan trató de reaccionar, estiró su brazo y con su mano derecha intento tomarlo en el aire, pero fue muy tarde. Sólo le faltaron milésimas de centímetros para cogerlo, pero éste cayó y se rompió en varios pedazos que le produjeron un gran corte en la palma de su mano. Al verse, comprobó que tenía varios pedazos de vidrios incrustados en su palma;  se dirigió rápidamente al baño y con mucho dolor sacó uno por uno los vidrios. La sangre no se detenía. Por un momento pensó en ir a un hospital, pero recordó todo lo que había esperado para ir a la tienda. Además, quizás sea el último día abierto y jamás podría ver qué es lo había en ese misterioso cuarto. No lo pensó dos veces, tomó un poco de algodón y con un trapo  se envolvió la mano. Al ver el reloj se dio cuenta de que quedaban sólo quince minutos para las nueve de la noche. Sin dudarlo más, tomó las llaves del auto y partió hacia la tienda. Con cada cambio de velocidad las heridas se volvían más dolorosas, pero a Juan no le importó y siguió su camino.
            Al llegar a la esquina de la calle en la que se encontraba la tienda, Juan ve que el reloj de su auto marca las nueve con cinco. Había calculado el tiempo que tardaría en llegar sin tomar en cuenta si habría tráfico en las calles, pero había encontrado algo de dificultad en el acceso a la carretera principal. Al fijar la mirada en la puerta observa cómo el viejo se marchaba de la tienda y el joven vendedor comenzaba a bajar lentamente la cortina de seguridad. En ese momento, Juan se bajó del auto y corrió hacia él mientras le dijo:
—Hola, ¡ya he llegado!
—Un segundo, déjame ver si ya se fue ese viejo. ¡Hum…! Sí, ya debe estar a más de dos cuadras… Está bien, pasemos.
            Al llegar al interior de la tienda, la ansiedad de Juan hizo que se olvidara del dolor en su mano. El joven lo llevó hasta el final del pasillo, corrió un par de estantes  y  se agachó hacia un vitrina donde había más de cincuenta tipos de llaves. Tomó una en especial y le señaló a Juan la puerta de la bodega, que era de un metal muy grueso y que estaba asegurada con un gran candado.
—Dime, y si alguien comprara esa llave, ¿qué harías?
—Señor, aquí nadie compra llaves y si lo hicieran, las sustituiría por otras.
—¿Me estás diciendo que todas las llaves son capaces de abrir ese candado?
—No, la verdad es que ya había dejado preparada una copia de ésta, o quizás no, no lo recuerdo. ¿Es eso importante? El joven retiró el candado y le pidió a Juan que entrara.
Con un poco de angustia e inquietud Juan entró al misterioso cuarto y al dar el primer paso sintió un aire completamente distinto, como si mil almas atravesaran su cuerpo; se sentía un ambiente helado y pesado. Aun completamente a oscuras, Juan sentía una gran pena en el interior de este lugar, como si muchas personas estuviesen atrapadas en este cuarto. Todas estas sensaciones consiguieron que el dolor de su mano regresara y se hiciera mucho más agudo. Cuando el joven vendedor encendió la luz,  todas las sensaciones desparecieron. Juan se mira la mano y ve que la venda casera que se puso está empapada de sangre.
—¡Viejo, qué te sucedió en la mano! —dijo el joven vendedor.
—Tuve un accidente antes de venir aquí.
—Mira, si ensucias algo te lo llevas. Has traído dinero, ¿no es así?
—Sí, claro.
            En ese momento, Juan levantó la mirada y sólo observó muchos baúles de distintos tamaños  perfectamente ordenados en los estantes, todo muy limpio. Él esperaba algo más vetusto, incluso algo más arcaico; quizás telarañas por las paredes viejas, vasijas chinas como en las películas, pero no fue así. Esto le hizo creer que el joven vendedor le quería estafar y le dijo:
—Vamos, ahora muéstrame algo.
—¡Sí, claro! Veamos, ¿te gustan las copas? Tengo muchas copas: con piedras preciosas incrustadas de muchos colores, tengo collares de perlas, también hay candelabros y trajes de distintas épocas.
—¿Me vas a decir que eso es todo lo que tienen? Vamos, acá hay más de treinta baúles, debe haber algún objeto raro, no vine a comprar copas.
—Está bien, tú también puedes revisar. Anda, busca algo que te guste. Eso sí, cuidado con manchar las cosas. Y deberías cambiarte esas vendas.
Juan no dudó y empezó a abrir los baúles sin revolver en su interior; sólo se movía de lado a lado para ver su contenido. Ya sentía que era una pérdida de tiempo estar en ese lugar. Hasta que logró ver un baúl en especial. Éste contenía un grabado, como una especie de advertencia y estaba cerrado con candado.
—Oye, aquí hay uno con candado. ¿Qué es lo que tiene en su interior?
—No lo sé, pero toma, aquí tienes la llave —dijo el joven vendedor mientras se la lanzaba.
Juan logró abrir el baúl y de repente sintió  la misma sensación que tuvo al entrar en la habitación e inmediatamente cerró el baúl. Y dijo con en voz tenue:
—¡Por dios! ¿Qué es esto?
A pesar de que la abrió no pudo ver nada en su interior, miró hacia atrás para ver si el chico se inmutaba en algo, pero nada, sólo lo escuchaba balbucear.
—Quizás le gusten los anillos, por aquí creo a ver visto algunos. ¡Hey, viejo! ¿Te gustan los anillos? —le gritaba a Juan.
—Sí, sí me gustan,—dijo sólo por responder algo.
—Tengo unos alemanes muy antiguos; dicen que éstos tienen poderes y esas cosas, he escuchado relatos acerca de que los alemanes creen en el poder de la mente… Eso de que si piensas en algo reiteradas veces se cumple o algo así…
Juan dejó de escuchar la voz del joven vendedor. Sólo estaban el pequeño baúl y él. Fue entonces que decidió volver a abrirlo. Esta vez tomó un poco de aire y  muy lentamente levantó la tapa. Ahora sintió que el viento helado salía desde dentro, un aire casi seco, podrido y muerto. Al abrirlo completamente, observó que en su interior yacía un gran cuero seco como de tambor usado. Lo extraño era que mientras lo iba sacando del baúl notaba que tenía la forma de un traje completo, como un overol,  y sin darse cuenta, Juan manchó esta increíble pieza. En ese momento, el dolor punzante  de sus heridas regresó con fuerza, lo que hizo que se tomara la muñeca para verse la palma. Comenzó a sentir una gran picazón y observa que sus heridas estaban cicatrizando y la sangre dejó  de brotar al momento e inmediatamente se apoderó de él una sensación de saciedad indescriptible.  Al ver la mancha en el cuero se percató de  que era absorbida rápidamente y la mancha desapareció. En ese momento Juan supo que había encontrado lo que había venido a buscar y sin dudarlo decidió que se lo llevaría.
—De ser así, ¡imagínese! Estar con una chica y decir mentalmente ¡bésame, bésame, bésame!  y que lo haga, eso sería sorprendente ¿no es así? Dijo el joven acercándose a Juan.
—¡Hey! ¿Me escucha? Aquí tengo los anillos, elija uno.
—Un poco ido y con el traje de cuero seco entre sus manos, Juan le dice:
—Quiero esto.
—¿Ese cuero viejo? No sé cuánto valor tiene, pero si me compra este anillo por cincuenta billetes le regalo ese cuero para tambor.
—Sí, dame ese anillo —respondió sin titubear.
Mientras el joven recibe los billetes dice:
— Oiga, recuerde: si está con una chica, debe tener puesto el anillo.
Cuando Juan conducía de regreso a su casa, sólo pensaba en llegar y examinar minuciosamente el traje. Al llegar, Juan estaciona el auto, tira las llaves a un estante y ubica el baúl arriba de la mesa; se sienta  y antes de abrirlo se mira nuevamente la mano, se saca las vendas y comprueba que sus heridas ya habían cicatrizado. Sólo sentía una fuerte picazón, por lo cual se rasca fuertemente. La sensación era tan placentera… Ya con los ojos casi desorbitados por el placer sigue rascándose y sin darse cuenta se abre de nuevo una pequeña herida. Entonces, no dudó en probar nuevamente lo que vivió en la tienda. Juan pensaba que quizás su imaginación le estaba haciendo creer en algo fantástico e irreal, así que lo haría una vez más para comprobarlo. Con el cuero en la mesa tal cual estaba y sin volverlo a tocar Juan abrió su mano y la acerca situándola sobre el traje mientras que con la otra mano se hizo presión para que así brotara una gota de sangre y cayera encima. Eso bastaría para salir de dudas. La gota de sangre brotó y manchó el cuero, pero no ocurrió nada. Juan no comprendía qué había hecho mal y con un poco de frustración pensó que había pagado los cincuenta billetes sólo por la experiencia que tuvo en la tienda. Cogió con sus dos manos la pieza entera y la arrojó a la basura. Al ir al baño para lavarse herida quedó anonadado, porque al mirarse la mano la nueva herida se había cerrado completamente y no quedaban rastros de sangre. Se miró al espejo y concluyó que debía tocar el cuero para que sucediera lo mismo que en la tienda. Juan salió disparado del baño, fue al patio y sacó el cuero del basurero. Esta vez  quitó todas las cosas que tenía encima de la mesa botándolas sin importarle nada más. Quería ver en detalle qué era lo que tenía en su poder; estiró completamente el traje y efectivamente era un overol completo hecho de cuero y con solo una abertura en la parte trasera para ponérselo. Lo extraño era que parecía una pieza entera sin costuras y tenía la forma completa de un cuerpo humano: brazos piernas e incluso con la forma de una cabeza. Juan acariciaba la pieza completa, y detectó algo extraño en ella. Fue hacia su cuarto y levantó un gran pedazo de vidrio de su lente roto, regresó al living y lo usó como lupa. Le sorprendió comprobar que el traje estaba compuesto por varias capas, como si estuviese pegadas una encima de otra, como un libro cerrado y que sólo con la lupa se apreciaba en detalle. Juan investigó por Internet y no encontró nada. Mientras lo hacía regresó nuevamente la sensación de picazón en su mano, esta vez con mayor intensidad, así que se rascó fuertemente, pero el picor no desaparecía. Fue hacia la cocina, tomó un tenedor, pero ni aun así se acercaba a calmarse. Regresó al living y ve el pedazo de vidrio. Su desesperación le llevó a rasgarse la piel abriendo una herida mucho más grande que la anterior, y sin dudarlo puso su mano abierta en el traje. En ese momento sintió un júbilo nunca antes experimentado, pero sólo duró unos breves segundos. Al mirarse la palma de la mano ésta estaba limpia y sin cicatrices. Juan levantó el traje completo y entre risas y emoción lo abrazó fuertemente.
 
Foto google imágenes
            Pasaron unos días y el joven vendedor llegaba tarde a su puesto de trabajo. El viejo le recibe con gritos a la vez que le ordena colocar todos los artículos y retirar el  anuncio de la liquidación por el cierre de la tienda.
—¿Está seguro de que seguirá con este negocio?
—No tengo más opción. Hoy me siento mucho mejor y por más que intente cerrar este negocio creo que jamás lo haré. O mejor dicho, no me permitirán hacerlo.
—¿Quién no le dejará?
—Quizás algún día lo descubras. Por ahora,  guarda esto allá atrás y te repito; no vendas ni saques nada de la bodega, todo debe permanecer en su lugar.
—Es el cuero de tambor. Un momento, jefe, ¿qué le ocurrió a su mano? Se ve normal.
—Así es, una vez más.



Fin

Comentarios

  1. Arturo, te dejó un pequeño regalito para tu Blog, un premio :D

    Saludos.


    http://rincondebiblioteca1.blogspot.mx/2015/11/premio-ft.html

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